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martes, 24 de junio de 2014

Nubes sobre Marrakech.

El día ha empezado extremadamente temprano. 
La alarma del móvil me ha arrancado una vez más de los brazos de mis sueños, antes de la salida del sol. Como otras tantas veces.
Pero esta vez no es para conducir hasta el trabajo.
Aún faltan varias horas para que salga el sol. Todo estaba preparado desde hacía un par de días: la ropa, las maletas, las ilusiones...
Los nervios de los niños, aún medio dormidos, se han acrecentado en el aeropuerto.
Es su primer vuelo para ambos. Es mi primer vuelo como madre.
Un poco desquiciados, dejamos el coche para que se lo lleven, con la muda sensación de que igual no lo volvemos a ver.
Traspasamos las puertas al mundo de la aviación.

Gentes con maletas.
Algunos con prisas.
Caras de sueño.

Lágrimas contenidas con sabor amargo de despedidas definitivas.

Facturamos rápidamente el equipaje. Mi hija le da un beso a las maletas antes de que se vayan por la cinta transportadora y desaparezcan de nuestra vista. Yo casi hago lo mismo.
Primera de las múltiples visitas a las "toilettes" antes del despegue.
Desayunamos. Bueno, eso es mucho decir.
Y nos vamos al control de accesos. Primero pasa el papá por el arco de seguridad. Luego el preguntón. A continuación la peque, que se queda parada en pleno arco detector y empieza a reírse. A los que están esperando detrás para pasar también, no les hace ninguna gracia.
Me piden que la ayude a pasar "al otro lado". Papá acude a su rescate. Me toca mi turno. Y como era de esperar, soy cacheada. Perdón, "inspeccionada". Muy respetuosamente "inspeccionada". Ya no me acordaba que iba a ser algo inevitable.
Ya "al otro lado" buscamos la puerta de embarque.
Hay varias visitas a las "toilettes".
Hay varias carreras persiguiendo tiernos infantes.
Fuera ya empieza a clarear el día.
Toca finger y acceso.
Los peques reparten su estado entre los nervios y la emoción a partes iguales.
Nos acomodamos. Bueno, eso es mucho decir también.
Filas de tres asientos nos esperan.
Hay retraso para el despegue. Y no se quien tiene más nervios mientras el comandante imprime velocidad sobre la pista.
Le doy la mano a mi pequeño libra para que se sienta algo más tranquilo. Pienso en otra situación que anhelo vivir.

Un.
Dos.
Tres.
¡¡¡Volamos!!!

Respiro aliviada y un poco melancólica. Tenía "mono" de vuelo.
Miramos por la ventanilla para constatar que el mundo se reduce bajo nuestros pies.
Es una nueva experiencia para los más pequeños. Y recuerdo del último vuelo, para los más mayores.
El mundo empequeñece y yo me alejo.
Siento una mezcla rara entre ilusión y cierta pena. Fácil de explicar, pero no es posible ponerlo en palabras. Pero lo que siento lo ahoga todo.
La tierra queda en nada y volamos sobre el Atlántico.
Me dedico a escribir mientras los niños se han dormido.
Miro por la ventanilla. Sólo hay nubes bajo mi mirada. A pocas millas de Marrakech.


El sol me deslumbra unos instantes. Y yo sólo quiero ahora que mi mente quede en blanco, como esa masa que emula el algodón, como ese agua no sólida.


Abajo, muy cerca, mis riads, mi lujo soñado. Arriba deseando no ir sola. Y entre medias, tú, esperando.
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