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domingo, 14 de junio de 2015

Confesiones de mecedora.

Pronto hará ocho años que llegastes, trayendo el verano contigo. Y ella se fue.

Pasamos muchas horas juntas, abrazada con sumo cuidado a tu cuerpo. Empapándome de tu olor a galletas y dulce.

Sintiendo tu respiración, con una mezcla de emoción, miedo e infinita ternura.



Me mecía mientras te llenaba de besos. Con tanto cuidado como incredulidad por haberme convertido en madre, aunque siempre me he seguido sintiendo un niña jugando a muñecas, esta vez reales.

Amanecieron días, se fueron disipando las oscuridades de la noche. Aprendimos a entendernos, a mirarnos a los ojos y no necesitar palabras. Esas que aprendieron a brotar de ti, para mi sorpresa.

Tu carácter se iba definiendo con el tiempo. Comprendí al fin, que mi pequeño milagro tenía los propósitos muy bien puestos. Y que eras tozuda como una mula. Que llevabas dentro de ti, la fuerza de dos. Que dos ángeles de la guarda velaban por ti, a la vez, el tuyo y el suyo, para protegerte siempre.

Los sustos, las lágrimas, los miedos, volvían con cada brote de enfermedad. Y en esos momentos, me abrazaba a ti, en nuestra mecedora blanca, a conjurar los temores a que algo te llevara de mi lado.

También han llegado las risas juntas, caminar cogidas de la mano, bailar al ritmo de la misma música. Tu mano enjugando mis lágrimas de desconsuelo, tus besos húmedos, los abrazos mutuos. Y el infinito cariño.

Experiencias de vida que nunca pensé que fueran a materializarse.

Y por la noche, cuando todo duerme menos mi dolorido cuerpo, me levanto para oírte respirar, mientras me mezo y pienso que no hay un mañana para ti, sólo un maravilloso presente compartido.

Mi pequeño milagro, mi gran estrella. 





Las palabras brotan, pero se quedan cortas para definir lo que por ti siento.
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